Viajes

Dos museos, dos mundos diferentes en Viena

Mi primera parada fue el Museo de Historia Natural de Viena y, sinceramente, la gran escalera y las decoraciones del techo te dejan boquiabierto nada más entrar. El edificio data del siglo XIX y fue construido durante la época de los Habsburgo, por lo que es totalmente lógico que te parezca que has entrado en un palacio en lugar de en un museo.

Pero la verdadera magia empieza por dentro.

La colección cuenta con más de 30 millones de objetos. Lo que se ve en realidad es solo la punta del iceberg. Y esto no es solo un lugar por el que pasean los turistas, sino un centro de investigación en activo. Así pues, el museo no solo conserva el pasado; aquí se sigue haciendo ciencia.

Las momias traídas del antiguo Egipto tienen realmente miles de años. No solo se exponen los cuerpos, sino que también se pueden ver las herramientas utilizadas en el proceso de momificación y los sarcófagos. Da la sensación de que toda una historia de aquella época te ha sido transmitida con esmero.

Hay algo más que me llamó la atención en la sección de los dinosaurios: al parecer, estos esqueletos solían exponerse en una posición mucho más erguida, más propia de un reptil. A medida que la ciencia avanzaba, se fueron actualizando las exposiciones. Así que, en cierto modo, lo que estás viendo no son solo huesos, sino la evolución del conocimiento humano.

Hay otra cosa que merece la pena mencionar: algunos restos de animales se han conservado en el interior de los glaciares, lo que hace que parezcan mucho más real que los fósiles. Un fósil es algo abstracto. Pero un espécimen congelado te da la sensación de que el tiempo se ha detenido, literalmente, justo delante de ti.

Justo al otro lado de la plaza, el Kunsthistorisches Museum es un mundo completamente diferente.


En cuanto entras, te sientes como en un palacio. La sala abovedada, los detalles de mármol… El propio edificio es una obra de arte incluso antes de que llegues a ver un solo cuadro.

En cuanto a la colección: el museo alberga una de las colecciones más importantes del mundo de la obra de Pieter Bruegel el Viejo. Quedarse varios minutos delante de esos cuadros es algo totalmente normal, ya que cada vez que los miras descubres un nuevo detalle. Bodas en pueblos, niños jugando, escenas repletas de gente… todas ellas cuentan una historia meticulosa a la par que vibrante. Caravaggio y Rafael también están aquí. Cada cuadro parece menos un cuadro y más una pequeña ventana al alma de su época.


Visitar estos dos museos uno tras otro es una experiencia realmente especial. La naturaleza y la ciencia, por un lado; la creatividad humana y la historia, por otro. El hecho de que Viena los haya situado uno frente al otro en la misma plaza… No creo que sea una coincidencia.

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